martes, 4 de septiembre de 2012

EL SUEÑO DE ELPIS... Ensayo referencial. Fragmentos teóricos y evocaciones literarias...


“En el hogar de la esperanza”… Un ensayo seminal sobre las condiciones e intenciones del proyecto curatorial de “El sueño de Elpis”. Un mosaico de fragmentos por pulverizar…
 
Por Pablo J. Rico, Curador del proyecto
 
El deconstruccionismo se ha convertido en una especie de guía de supervivencia durante la crisis, ha impulsado a muchos artistas a posiciones metalingüísticas, a otros hacia tendencias de auto reflexión formalista, incluso a un mundo de parodias y simulacros. Por estado de necesidad, reconocemos, analizamos, comprendemos y nos comunicamos a través de fragmentos. “Es por medio de la fragmentación que conseguimos dar una estructura a nuestra comprensión del mundo”, señalaba el crítico inglés Kewin Power hace unos años acerca de las estrategias de la posmodernidad ante sus propias nociones de crisis… “el collage, el ensamblaje, el montaje, todos los procedimientos eclécticos se han convertido en principios de uso común”… El poeta americano Robert Duncan afirmaba ya a principios de los años 60’ que el collage era el lenguaje fundamental del siglo XX; un collage entendido no sólo como un proceso estético sino sobre todo como una acumulación natural de fragmentos. El pasado se ha convertido en un saco sin fondo en donde obtener fragmentos de todo tipo, un archivo casi ilimitado de imágenes y contenidos de lo más diverso ––artísticos y culturales, antropológicos, científicos–– y de dominio público. En muchos aspectos esa liberal democratización y socialización del patrimonio de imágenes y lenguajes atesorados durante siglos nos ha conducido a una gran promiscuidad artística, a su utilización masiva, superficial, colocando unas contra otras, o a su lado, sin preocuparnos de su particular sentido y significado en un escándalo del azar, del capricho, como una ruleta rusa mortal por necesidad. Los artistas se defienden diciendo que aun con todo compiten en desventaja frente a la abusiva presencia de los medios de comunicación, el “spam” indiscriminado de la publicidad, la perversión de su diseminación gratuita en internet, por ejemplo…
 
Con nostalgia y compasión, recogemos los fragmentos dispersos e intentamos reconstruir nuestras arquitecturas intelectuales, sentimentales y existenciales arruinadas. Siempre ha sido así desde que Nietzsche anunció la muerte de Dios ––y del arte, por supuesto––. El arte del siglo XX supo expresar como nada esta nostalgia compasiva. El collage es la estética, el lenguaje más precisamente melancólico. Seleccionar y pegar eclécticamente fragmentos de las grandes verdades del arte moderno, crear collages interesantes y/o divertidos con todo eso, ha sido en muchos aspectos simplemente un acto de compasión por el final del arte anunciado, luto por su manifiesta incapacidad para decir “algo” sincero, coherente, en estos tiempos tan propicios para el simulacro como descreídos de las apariencias. No obstante, no podemos arriesgarnos a penetrar en esos desolados paisajes de la locura en donde se pierde la palabra, perdernos en el camino de lo diabólico ––lo “diabólico” es lo opuesto a lo “simbólico” y tiene que ver con la separación, con la ruptura después de la unión, con la disolución y la ausencia de sentido––. Debemos construir un nuevo lenguaje de símbolos que nos representen.
 
Foto: Pablo J. Rico... Catástrofe en Magdalena Apasco, Etla, Oaxaca, 2010
 
Es en los símbolos donde refugiamos nuestras creencias y con los que ejercitamos nuestra humildad de reconocer. Lo simbólico es lo que representa, lo que nos une y hace reconocernos en el mito, la posibilidad de construir lenguaje e interpretaciones uniendo sentidos. Construir un nuevo lenguaje debe ser nuestra tarea principal: un lenguaje con reglas claras y precisas que no sea necesario transgredir para representar “lo otro” incontenido e innombrable, un lenguaje nuevo que haya olvidado o niegue con orgullo cualquier similitud con las palabras rotas del pasado, un lenguaje sin nostalgia… Debemos superar esa especie de shock postraumático como aquél que refiere Mónica B. Cranoligni tras la inmediata muerte del Dios en Nietzsche: “como paso previo a la aparición de los nuevos lenguajes, se produjo un largo periodo de negación y ruptura con los valores anteriores que dio lugar a obras anárquicas, que mostraban, sobre todo, la descomposición de las formas criticadas”. Es lo que sucede también en tiempos de crisis del arte tras la caída de lo considerado como absoluto: cuántas colecciones de fragmentos simplemente ensamblados con mayor o menor fortuna, cuánta basura reciclada... Hay que desechar cualquier mirada enferma de decadencia y nostalgia hacia las ruinas del pasado; no podemos encontrar un nuevo sentido rescatando “antiguos sentidos” entre los fragmentos rotos de las “verdades muertas”. Al igual que Nietzsche, no debemos demorarnos en la anarquía y caos de los fragmentos rotos: hay que crear nuevos órdenes desde la altura de alguien que cree “que ha superado en sí mismo a su tiempo” hay que situarse “más allá del bien y el mal” y transformarse en la mala conciencia de nuestro tiempo…
 
¿Cómo afrontar la construcción de un nuevo lenguaje tras la catástrofe? Desde la “razón imaginativa”, por supuesto; desde la inteligencia artística, ni más ni menos. Debemos renunciar a la búsqueda de los grandes ideales y concentrarnos en las pequeñas seguridades provisionales, mientras tanto. Debemos aprender a vivir sin sentidos transcendentales ocultos en nuestras cosas ––porque no los hay y hacemos el ridículo al intentar crear una atmósfera de misterio en su no-lugar––. Debemos negar cualquier posible redención que venga de fuera de nosotros mismos, desde allí arriba, porque esa fantasiosa idea nos sume todavía más en el pesimismo, esperanzados sólo en una salvación imposible de verificar y cuyo precio es el sufrimiento y la muerte. Hay que ser ligero, tener los pies ligeros y estar serenos ante este paisaje de desolación. La pesadez de los grandes ideales, de los sentidos trascendentales, las grandes creencias, nos impiden movernos con libertad y gracia… Hay que desprenderse de todo lo accesorio para ser y sentirnos más ligeros y alegres; pero no mostrarnos nunca al desnudo. El artista-filósofo no es precisamente aquél que considera que la verdad debe ser mostrada a toda costa: la verdad no es más verdad cuando se le quitan todos los velos…
 
¿Qué hacer, entonces? Tras la penúltima muerte de Dios, tras la última catástrofe universal aquel 11 de septiembre de 2001, ya no es posible ir por la vida y por el arte collageando como si de otra catástrofe moderna se tratara. Las gigantescas arquitecturas de nuestra condición postmoderna se colapsaron por completo aquel día simbólico como pocos. Tras el colapso de las torres del World Trade Center no quedó apenas fragmento que collagear. Sólo polvo, cenizas, humo, olor a muerte. ¿Qué hacer, pues? ¿Cómo renacer Ave-Fénix de nuevo entre las cenizas? ¿Qué crear con esta ausencia de fragmentos? Hay que volver a creer y a crear desde la nada; amasar el polvo y las cenizas excrementales con nuestros líquidos más íntimos: nuestra saliva, sangre, el pus de nuestras heridas, la sangre menstrual… el semen y el flujo vaginal de nuestro placer y las lágrimas de nuestro dolor. Sólo con estos materiales íntimos tan deliciosamente humanos, demasiado humanos, y con nuestras manos, tan capaces, podremos crear algo realmente verdadero. ¿Qué verdad? Qué sé yo, por ahora… ––sigo buscando, voy a su encuentro mientras tanto, ciego reciente, entre las luciérnagas––
 
Xu Bing: imagen de su acción Where Does the Dust itself Collect?, Cardiff 2004
 

Hace un par de años, precisamente en Oaxaca, invitado por La Curtiduría para impartir un seminario sobre “Prácticas del arte contemporáneo y poscontemporáneo”, reflexionaba en voz alta sobre el “¿Qué hacer?... En la presentación de objetivos del seminario en Oaxaca me referí a dos frases de Nietzsche en las que cifraba ciertas cuestiones significativas de nuestra actualidad artística poscontemporánea. La primera, aunque apócrifa, manifiesta evidentemente su origen nietzscheano: “El filósofo debe saber lo que necesita; el artista debe hacerlo”… La segunda corresponde a un fragmento del Anticristo de Nietzsche: “Yo no sé qué hacer; yo soy todo eso que no sabe qué hacer ––suspira el hombre moderno. De esa modernidad hemos estado enfermos, ––de paz ambigua, de compromiso cobarde, de toda la virtuosa suciedad propia del sí y el no modernos”…
 
¿Qué hacer?, repetí insistentemente aquellos días… Alguien llegó a pensar que me refería a Lenin y su histórico artículo (1902) acerca de la necesidad de crear un partido que conjugara la espontaneidad del movimiento obrero con una dirección reflexiva, política, científica, revolucionaria; un partido que estableciera la necesaria correlación entre los intereses de clase, el movimiento obrero, el mismo partido como dirección política y la revolución necesaria… No; mi pertinaz pregunta nada tenía que ver con revolución artística alguna ni reclamaba direcciones o sentidos revolucionarios en el sinsentido de nuestra más reciente actualidad artística, ese divagar posmoderno autista y ensimismado. Mis referencias eran más cercanas, acaso también más perversas. Tenía que ver con un texto de Jacques Derrida: ¿Qué hacer de la pregunta «¿Qué hacer?»? ––en Penser ce qui vient (1994). Derrida nos confía que a la vieja o renovada pregunta ¿qué hacer? Lenin contestó «es preciso soñar» ––“con precauciones interesantes”––, añadió… ¿Soñar? ¿Ésta debe ser la respuesta del arte? Goya afirmaba enfáticamente que “el sueño de la razón produce monstruos? No creo que soñar sea la solución ni el problema...
 
Entonces, ¿qué dice Derrida al respecto?... Primero establece su creencia: “creo que nuestro tiempo, eso de lo que estamos hablando, lo que viene quizás a través del caos, del desierto, del abismo, del desorden mundial, la desconstrucción general o todas las figuras de un apocalipsis sin apocalipsis, etc., eso nos impone pensar y pensar desde este frágil aplomo y nos coloca en este lugar, nos sitúa allí donde pensar, y pensar (políticamente y poéticamente) lo que viene (por ende el porvenir al presente) no puede hacerse si no desde el lugar de este aplomo a la vez sonambúlico y vertiginoso”… ¿A qué se refiere Derrida con la palabra “aplomo”, qué trata de expresar con tal sonambulismo? Derrida reclama una señal de aplomo, atreverse a “quedarse parado”, una física planteada a partir de la verticalidad, “es decir, a partir de lo que una plomada nos indica respecto de la pesadez terrestre y por ende de la tierra: pues, no nos lo ocultemos, las preguntas que abordamos con este aplomo sonambúlico hoy no son nada menos que las preguntas de la tierra (a bulto y en detalle), de manera no menos urgente que concreta, imaginativa, inmediata, inmediatamente éticas, jurídicas, geopolíticas”… “¿Qué vamos a hacer con la tierra? ¿Sobre la tierra? y la pregunta de lo que se queda parado sobre la tierra no es apenas una pregunta ecológica aunque permanezca sobre el horizonte de lo más ambicioso o más radical que la ecología hoy podría asumir, preguntas de la tierra, entonces, y preguntas del hombre (en aplomo o no sobre la tierra)”...

 
 
Ángeles Marco: El Péndulo de Oro, instalación en el Castillo de Santa Bárbara, Alicante, 2006
 

Derrida hablaba de la tierra y la fuerza de la gravedad, de las preguntas de la tierra y de nuestro necesario aplomo ante ellas interrogándonos. ¿Y si fuera el arte el que nos pregunta y cuestiona? ¿Qué respuestas para qué preguntas? ¿Qué arte para que situación poscontemporánea, más allá de la historia e incluso del mismo arte? ¿Qué decir tras la defunción del arte certificada por Arthur Danto y sus secuaces? ¿Y qué decir y hacer con seriedad y responsabilidad que no parezca provocación en el territorio de los pintores oaxaqueños y la pintura mexicana por antonomasia? Señala Derrida que aunque parezca una necesidad cotidiana hacerse tal pregunta, y reconozcamos su pertinencia en todas las edades y culturas, esta cuestión tiene una historia crítica mucho más reciente: “es una historia moderna”… Aventura el filósofo que la gravedad de lo que viene  ––seguramente nuevo, absolutamente inédito, sin ejemplo al que remitirse y refractario a cualquier repetición posible–– es “que ya no sepamos qué hacer hoy de la pregunta «¿qué hacer?», ni en su forma ni en su contenido”. ¿Y si ésta fuera la situación crítica del arte hoy: que no sepamos siquiera hacernos la pregunta “qué hacer”…?
 
Kant y Lenin se hicieron esta pregunta casi teológica a las puertas de sus respectivas revoluciones. En tiempos recientes seguramente nuestra más inmediata revolución fue la caída del Muro de Berlín y su más terrible réplica el colapso de las torres gemelas del World Trade Center con sus daños colaterales ––incluidas las guerras de Afganistán e Irak y la crisis financiera hasta nuestros días––… “En todo caso, hagamos lo que hagamos de esta sincronía o de esta coincidencia, la pregunta «¿qué hacer?» habrá siempre resonado al borde del abismo o del caos, en frente del horizonte más indeterminado, más angustioso, cuando se diría que todo debe ser repensado, re-decidido, re-fundado, de arriba abajo, y ahí donde tal vez el abajo, el fundamento y la fundación llegan a faltar”… Derrida nos señala que al preguntarnos ¿qué hacer? en realidad estamos enlazando otras tres preguntas implícitas: ¿qué puedo saber? ––pregunta especulativa, propia de nuestra curiosidad científica––, ¿qué tengo que hacer? ––pregunta moral–– y ¿qué me está permitido esperar? ––doble pregunta a la vez práctica y especulativa––… Y aún una más, una pregunta aparentemente capciosa e impertinente: ¿qué es el hombre? ––¿qué es el artista?, diría yo…
 
En Mémoires d’aveugle. L´autoportrait et autres ruines, Derrida reflexiona extensamente sobre la ceguera y sus analogías con respecto a la escritura y el dibujo. La escritura también va “a través de la noche, más lejos que lo visible o lo previsible”. (…) “No (más) saber, no (más) poder: la escritura se entrega más bien a la anticipación”. Una anticipación que no es previsión; es un dibujo más allá del diseño, del plan… La convencional diferenciación entre ver y tocar, su especificidad sensorial, la cuestiona al referirse a un “tacto que ve”, esa exploración que suele hacer el ciego con los dedos o ese gesto tan típico de extender las manos para anticipar lo que se va a encontrar, un “prever sin ver”… El gesto del ciego es tender las manos hacia delante, explorar el vacío, anticiparse al peligro. Lo (im)previsible se busca y encuentra palpando. Es “la especulación que se aventura”, que diría Derrida. En esta situación de crisis generalizada, de reciente ceguera del futuro, ¿no deberíamos hacer como aquellos ciegos de Antoine Coypel que llevan las manos hacia delante y adelantarse, es decir exponerse, correr el espacio como se corre un riesgo” (…) y cuyo gesto “oscila en el vacío entre la prensión, la aprehensión, la plegaria y la imploración”?
 
Derrida descree del mimetismo y de sus interpretaciones más tradicionales. La obra original puede ser reproducida, pero la obra original no reproduce nada. Aquello que el dibujo, el arte, hace venir no puede ser mimético. Propone la idea de que lo que eventualmente está por imitar, por restituir o por devolver, se encuentra, en todo caso, en la invisibilidad. “El artista hace visible lo hasta ahora invisible”… ––ésta podría ser una sencilla caracterización de la intervención transformadora del artista. Acerca de lo visible y lo invisible el filósofo Merleu-Ponty reflexionaba en sus notas póstumas que lo invisible está allí, en la materia, sin ser objeto todavía, es la trascendencia pura, sin máscara “ontológica”. Todo lo visible supone la existencia de lo “no” visible, pero no como contradicción filosófica o esotérica. Merleu-Ponty afirmaba al respecto: “hay que entender que toda visibilidad plantea una no-visibilidad. Lo invisible de lo visible”… Lo invisible estaría contenido pues en la materia misma pero necesita de un “intermediario” para ser revelado, para hacerse experiencia estética además de objeto de conocimiento. El artista desea poseer la materia pero no para hacerla suya sino “para hacerle hablar con su propia voz”. Cualquier materia, cualquier objeto, se transforma de nuevo en otra cosa gracias al poder transformador del artista, su “artífice”, dotado de voluntad de crear. De algún modo el artista es un alquimista que opera su “gran obra” mediante procesos artísticos, es decir procedimientos de transmutación de la materia, no sólo meras transformaciones formales…
 
Hidetoshi Nagasawa: Jardín, en la Fundación Pilar y Joan Miró de Mallorca, 1996
 

Mi querido maestro Hidetoshi Nagasawa, el gran artista japonés creador de los más sugestivos e inquietantes jardines contemporáneos, me confirmó un día que “Un espacio lleno puede contener el vacío total y absoluto de la creación”… Las intervenciones artísticas de Nagasawa en espacios preexistentes y sus instalaciones arquitectónico-escultóricas espaciales serían algo así como una insistente aproximación a ese centro único del espacio absoluto, un acercarse paulatinamente construyendo y moviendo los límites que lo cercan, también creando intersticios en donde fluya de dentro a fuera y viceversa, exprimiendo el vacío o lo invisible o lo que sea… Todo esto tiene que ver con la noción de Ma” o lugar límite del espíritu japonés. El mismo Nagasawa en su entrevista a Olga Bambari se refiere a sus jardines como esculturas metafóricas sobre la realidad; una realidad constituida por diversas dimensiones paralelas que coexisten sin interferirse. En la entrevista, Nagasawa describe su obra “Il Giardino di Ebe” como “una estructura que presenta dos ambientes semejantes y paralelos unidos por cualquier punto, por ejemplo los arcos del pasaje. El espectador pasa de uno a otro sin esfuerzo, como en la vida, como si fuera un único ambiente, como si la realidad fuera una sola. Parecen iguales pero no lo son y sus confines se confunden”…
 
Este estar en el límite, entre lo interior y lo exterior, entre dentro y fuera, entre lo privado y lo público, entre el aquí original y el allí trasladado, no quiere decir ser (o hacer) una cosa u otra sino —en palabras de Paola Berenstein Jacques— “ser temporalmente una cosa y otra… estar en proceso de… en transformación. No es estar apenas en medio o en un medio, sino ser el propio medio: mi-lieu”. La autora utiliza este neologismo para referenciar los dos significados de la palabra francesa “milieu”: medio y ambiente. El “mi-lieu” no sería ni un “lugar” ni un “no-lugar”, sería ambos y cada uno simultáneamente. Cómo constituir ese espacio “entre”, intermediario, en medio de dos espacios y situaciones tan distintos como contiguos —“el lugar”, como algo identitario, histórico, relacional, y el “no-lugar” (lo que no puede definirse con tales condiciones)–– y el pasaje de uno a otro, es lo que debería interesar al arte y la arquitectura… Así lo ha entendido Nagasawa formalizándolo magistral y originalmente en sus jardines. Y no sólo para crear espacios físicos-metáfora, sino sobre todo para proporcionar la experiencia de habitar “entre”, de estar levitando “entre”, ni más ni menos que experimentar la eternidad… ese instante suspendido sobre el abismo del vacío en donde no hay antes ni después, ni arriba o abajo, ni dentro ni fuera…
 
Es en estos espacios-metáfora, en estas experiencias “de eternidad”, donde localizo nuestra esperanza en seguir preguntándonos “¿qué hacer?” de nuevo… Saber esperar, la esperanza, son las palabras que mejor definen la sabiduría antigua... ¿Qué esperar? ¿Respuestas, encuentros largamente aplazados, certezas de las cuales dudamos casi todo? ¿O esperar por esperar ––porque no hay nada más que pueda sacarnos de esta situación de abandono y libertad condicional a la que nos sometemos sin demasiada resistencia ni escaso entusiasmo, por casi nada?... La esperanza a la que me refiero es metafísica, primordial, nunca circunstancial ni contingente, ni necesitada de mínimas fisicidades. La espera como medida áurea del mundo y las longitudes de nuestra vida; esperar como estado del ser y del sentir, como condición inexcusable de nuestra humana precariedad (de seres limitados, incompletos, solitarios). Se trata de una espera sucesiva, permanente, un tejer ininterrumpidamente esperanzas ––como Penélope, haciendo tiempo y confiando en el retorno de Ulises–– o aquella de la que hablaba Baltasar Gracián en el Arte de la Prudencia: “Saber esperar. Hacerlo demuestra un gran corazón, con más amplitud de sufrimiento. Nunca apresurarse... Si uno es señor de sí, lo será después de los otros. Hay que caminar por los espacios abiertos del tiempo hasta el centro de la ocasión oportuna. La espera prudente sazona los aciertos y madura los secretos pensamientos”... ¿Y qué mejor lugar que en un territorio estético y existencial dedicado a Elpis, a Espes, la esperanza, en Oaxaca?
 
Hidetoshi Nagasawa cree que el universo no tiene principio ni fin, pero tiene límites, y que sobre estos límites deben trabajar los artistas. Marco Scotini piensa que toda la fenomenología de Nagasawa tiene que ver con esta intuición de “limitación”. Así sus búsquedas entre lo continuo y lo discontinuo, dentro-fuera, apertura-clausura, su misma idea de recinto, incluso de viaje como representación dinámica de un centro que se desplaza, tendrían que ver con esta noción de límite; individualizar un espacio sería algo así como definir sus propios confines… ¿Pero qué espacios son los que interesan a Nagasawa? ¿Sólo aquellos espacios que puede limitar y clausurar como espacios artísticos? Yo creo que no…
 
Hidetoshi Nagasawa: Giardino dormeviglia, en el Toyama Memorial Museum, Kawajima, Japón
Foto: Pablo J. Rico, 2009
 
Volvamos otra vez a la noción oriental de Ma. Para los japoneses,Ma” es una entidad intermedia, un intersticio secreto, un intervalo de espacio y tiempo suspendidos. Este espacio intermedio que pone en comunicación dos mundos (en realidad dos vacíos) sería de algún modo un “lugar límite”, un espacio físico y mental en donde se encuentran y concentran todas las energías errantes, viajeras… Para hacer visible este lugar intermedio Nagasawa se ha servido de poéticas metáforas visuales como la barca ––que representaría el viaje–– o las puertas y los puentes ––es decir los pasajes transitorios––, intercambiando eficazmente los valores propios de lo arquitectónico y escultórico. ¿Pero ése es el único objetivo o el principal de Nagasawa: transfigurar y revelar espacios intermedios? Dudo que sea su objetivo principal como artista. Pienso más bien que se trata de una estrategia para lograr un objetivo más esencial, creo que tiene que ver con las nociones de visibilidad e invisibilidad, sobre lo visible e invisible “de” y “en” la materia, a las que antes me he referido…
 
No obstante, creo que además de “reconocernos” mentalmente en estos espacios metafísicos es necesario tener una experiencia directa, física, sensorial, de tales territorios, de sus elementos constitutivos esenciales. Dice Nagasawa que la escultura reside en el sentido y en el acto mismo de tocar: “El tacto es el hacer”… Para Merleu-Ponty el cuerpo propio era algo más que una cosa, mucho más que un objeto de estudio para la ciencia: es una condición permanente de la existencia. El cuerpo es el constituyente fundamental tanto de la percepción del mundo, nuestra apertura al mundo, como de la misma creación de ese mundo. Utilizar nuestro propio cuerpo para conocer el mundo, para experimentar sus límites, supone un gran esfuerzo. Ese esfuerzo es el que los artistas reclaman a sus espectadores. Nuestra percepción del mundo requiere un espectador para autentificarlo y con él todos nuestros significados impregnados de experiencias subjetivas y “vivencias-con-los-demás”. El “Otro”, los “otros”, al estar situados en este mismo mundo que yo, al “encarnarlo” como yo, se convierten en mis cómplices, incluso en una extensión de mí mismo, para percibir la complejidad del mundo. Yo, percibiendo, soy un “yo expandido” en los otros, a través de los otros… ¿Qué es un artista sino alguien expandido no sólo en sus obras sino también en sus espectadores?...
 
Foto: Pablo J. Rico... Vísceras, en el mercado Jamaica, Ciudad de México, 2009
 
Es por ello que nuestro proyecto y reflexión en Oaxaca, en MATRIA, requiere espectadores, participantes, público que espere en común y colectivamente… y sienta y reconozca los ciclos y flujos del tiempo y la naturaleza. La Naturaleza hace y deshace sin cesar y la muerte no sería más que una etapa en ese círculo indeterminado y permanente. Para Zhuangzi, uno de los principales referentes de taoísmo chino, la decrepitud total, la muerte, no es más que una de las formas fenoménicas “infinitamente diversas” de la Realidad eterna. En un sueño, Zhuangzi vio su propio cuerpo deformado en los últimos días de su vida. Renqueante fue a asomarse al pozo y contemplando su imagen reflejada en el agua dijo: “Ay, qué encorvado y deforme me ha hecho el Creador. Un amigo le preguntó entonces: “¿Te resientes de tu condición?” Y esto es lo que le contestó el moribundo Zhuangzi en su sueño:
 
No. ¿De qué iba a resentirme? Quizá el proceso de Trasmutación convierta mi brazo izquierdo en gallo. En este caso podría anunciarme al alba. Quizá el proceso transforme mi brazo derecho en ballesta. Así podría utilizarlo para cazar algún pájaro y asarlo. Quizá el proceso transforme mis nalgas en ruedas, y mi espíritu en caballo. Podría entonces ir en carro, sin necesidad de uncir otra bestia. Todo lo que conseguimos lo debemos a la llegada del momento. Todo lo que perdemos también lo debemos a la llegada del turno. Debemos  sentirnos satisfechos con el momento y aceptar el turno. De este modo no habrá pesar ni regocijo. Los antiguos llamaban esta actitud “deshacer la atadura”. Si un hombre no puede deshacerse de las ataduras es porque las cosas lo tienen encadenado
 
Luis Racionero en su “Prólogo” al número especial sobre el Taoísmo en la revista El Paseante (1993) nos da algunas claves sobre esta noción de devenir taoísta. En primer lugar, hay que considerar que mientras el pensamiento occidental es “subordinativo” —por lo que nuestra ciencia y filosofía están fundadas sobre el principio de causalidad externa, es decir de relación mecánica necesaria entre una causa de origen y un efecto como consecuencia—, el chino es inductivo y asociativo. Las cosas y los conceptos están unos al lado de otros (no unos son causa o efecto de otros), se relacionan por contigüidad, forman parte de una estructura, de un orden (no de una ley). Las cosas se comportan de un cierto modo, no necesariamente debido a acciones anteriores o impulsos de otras cosas, sino debido a que su posición en el universo cíclico en perpetuo movimiento les confiere una naturaleza intrínseca que las obliga a ese comportamiento. Si no se movieran así, perderían sus posiciones relativas en el conjunto y se convertirían en otra cosa”… Racionero cita en su ensayo a Dong Zhongshu (195-115 a. de C.), responsable del establecimiento del Confucianismo como fundamento teórico de la dinastía Han en China. Para el filósofo chino: No hay ningún suceso que no dependa para su inicio de algo anterior, a lo que responde porque pertenece a la misma categoría, y por eso se mueve (...) Aunque parece que las cosas se modifican y afectan espontáneamente y que dondequiera que hay reacción mutua sin nada visible para explicarlo, describen el fenómeno como ‘espontáneamente así’. Pero en verdad no hay nada ‘espontáneamente así’. Cada cosa en el universo está sintonizada con ciertas otras, y cambian cuando éstas cambian. Estas ideas tienen todo que ver con el principio de armonía universal, la armonía como principio básico del orden de la naturaleza y el mundo. Por último Racionero señala que en China la idea de correspondencia tiene gran significación y reemplaza a la idea de causalidad. Las ideas están conectadas más que causadas. El universo sería pues un extenso e indeterminado organismo de naturaleza cíclica que sufre alteraciones, pero en el que la idea de sucesión siempre estuvo subordinada a la de interdependencia (Needhan). En vez de observar sucesiones, los chinos registraban alternancias de aspectos (Racionero)… ¡Cuánto hay que reaprender y experimentar de nuevo!
 
Foto: Pablo J. Rico... Catástrofe en Magdalena Apasco, Etla, Oaxaca, 2010
 
Volvamos otra vez, por último con Nietzsche y su anuncio y profecía acerca de la explosión de las “Grandes Verdades”, de las “Grandes Totalidades”, encarnadas por la arquitectura antigua de la sociedad tradicional... Dios ha muerto muchas veces después de que lo anunciara Nietzsche y en cada una de sus “muertes anunciadas” el edificio de las Grandes Verdades ha explotado y hecho añicos... Pero el ser humano, la sociedad, no han sabido crear el hombre nuevo, ––el artista nuevo––, la sociedad nueva que reclamaba El Filósofo. Acaso por piedad, por miedo, por apego a la historia, una vez tras otra hemos ido reconstruyendo aquel edificio que representaba nuestra sociedad con fragmentos y restos de la anterior explosión y derribo. El siglo XX fue el siglo del collage artístico, decía, del ensamblaje, de eclecticismo formal. El concepto estético y la noción sociológica del collage representa como ninguna otra figura alegórica esta situación de periódicas destrucciones, reciclaje de fragmentos informes, a veces contradictorios, y su reconstrucción meramente “posibilista... Pero el 11-S fue otra cosa, metafóricamente, recordaba. Los edificios que representaban simbólicamente aquel estado anterior se colapsaron violentamente y derrumbaron sin solución posterior posible. Ya no hay fragmentos que rescatar y ensamblar, sólo polvo y humo... ¿Qué hacer con polvo y humo? ¿Qué inventarán ahora los artistas si ya no pueden fabricar funcionales collages decorativos, surrealistas cadáveres exquisitos con aquellos fragmentos tan deliciosos que reciclaban en sus obras? ¿Por qué no experimentar todo eso en Oaxaca, en una casona en ruinas, en MATRIA, en el hogar de la esperanza?
 
Pablo J. Rico
 

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